sábado, 1 de septiembre de 2007

demasiado actual

-Bien, vos?
-También
-En nada, vos?
-Con la viola. Qué se yo.
-Yo tampoco, ni idea. Ayer con los pibes, hoy un rescate creo.
-Sí, necesito diez horas de almohada.
-Viste... yo además ando re corto.
-Te presto, si necesitás pasá que cincuenta pe había por acá.
-No es eso, ¿me entendés?
-Sí, te re entiendo loco. Y el euro sigue subiendo, cualquier cosa una cama había por acá. Hasta que todo pase...
-Se re agradé. Pero entendés que no te quiero generar quilombo. Vi una por Almagro que me...
-¿Te movió? Sí, alto rioba.
-No es eso. Bah, me movió sí, pero es más fuerte loco, ¿viste cuando la ves...?
-¿Cuántos cuadrados?
-Sesenta, pero con exteriores diez más. Un balcón que las saca a domicilio te digo, ya congeladas, marca
-Stella, papá!
-No se, estuve probando unas negras increíbles. Después...
-Dale, mandá por allá.
-Mando. Y otro para la flaca. Abrazo.
-Azo.

sábado, 4 de agosto de 2007

Quiero decirles dos cosas. La segunda es la siguiente:

Creí escupir a todos con mi mirada. Pude salivar mis dedos con simples reojos y pude lengüetear el pastel antes de que lo fraccionaran en porciones de torta con muestra gratis de papila gustativa. Siempre fui muy baboso, ni la carcaza del caracol hubiera sabido apreciarme. Además, nunca me atrayeron las fiestas. Para colmo, la decoración de esta fiesta la constituía únicamente la torta de nueve pisos. Yo di el riego tropical necesario a las frutillas rojas, que ahora se veían más húmedas y tentadoras, yo tuve el inmenso gesto de lamer la chantilly sobrante en cada uno de los ocho niveles inferiores. Todo a gatillo silenciado, una lengua realmente entrenada. Experto.

Destrabé el silenciador, cascañeteé los dientes hasta conseguir a la totalidad de los invitados. "Brindemos", dije. Horrorizados por mi avanzada motricidad facial, cada uno de los presentes alzó tímidamente su copa y sorbitó (sorbitar: acción y efecto de "dar sorbitos") placenteramente la champagna. Una confusión de sentimientos me abrumó, de modo tal que acumulé una segregación transparente entre la lengua y la encía superior. ¿Marcharme? ¿Cortar el nonecilindro? Esperar solucionaba todo. Y esperé mucho. En esa espera estoy, con la boca hecha agua, deseando salivadamente que los invitados se lleven de esta fiesta algo más que mi presencia, algo más que una torta que les cayó mal.

Nota del autor: los diccionarios más cabezas definen sorbitar como "pitada a un líquido y no a un filtro de papel", otros -ya cabezones- como "darle una seca a un líquido y no a un faso".
PD: yo asesiné a mi tecladista de letras.

domingo, 29 de julio de 2007

eternas marionetas mortales



Un chico de papel
levantó su diestra mano,
su mismo antebrazo,
su brazo todo.

Inclinó su torso,
saludó sin saberlo.
No escuchó los mil aplausos,
la chica de papel.

Nunca se conocieron,
pero un tercero los presentó.
Papel que voló al recuerdo,
títere atado a su condición.

Descansaron juntos por siempre,
escondidos en un cajón.
La familia del tercero no quiso
mover los hilos que otro,
supo hilvanar mejor.



martes, 24 de julio de 2007

Aprendan de la cigüeña

Hecha bolita sobre alguna frazada
(vestida siempre),
tus puños abiertos,
tu pelo lacio.
Tus ojos abiertos sin esfuerzo,
sin parpadear.
Así es, todos los cíclopes dicen que quien no se esfuerza no parpadea.
Y luego callan, mueren todos igual los cíclopes.

Luego, yo creo que estaba a tu lado.
O vos al mío, los cíclopes no refieren al respecto, aunque bien lo saben. Creo que yo al lado tuyo.

Pero la foto de mi pose inmóvil y dura me la tomaste sentado. Y mis puños se ven cerrados, mi lacio pelo se había enrulado. Y ¡la puta madre! Sí, así es, los cíclopes refieren: la alta temperatura corporal modifica momentáneamente un gen que eriza el pelo y luego lo enrula.

Pero antes de teorizar sobre la situación de un hombre sentado al lado de una mujer suave, los cíclopes mueren. Y vos eras cíclope.
Por eso sufrí. Y por eso moriste.
Confirmado, yo estaba a tu lado.

lunes, 16 de julio de 2007

De la naturaleza de una mente

Corrección a la edición del miércoles 4 de julio de 2007: el autor ha hecho modificar a su tecladista (de letras) la errata de la palabra basto por vasto.
A raíz de lo cual el autor ha optado por la digitalización de sus huellas sobre el negro abecedario.
Inmediata consecuencia: no asesinar sobre el teclado.

Perdón.
Suena el teléfono,
la impro no debe cortarse
de esta manera es inevitable.

sábado, 14 de julio de 2007

Fin del cuento: poesía

Segregó ese hilo más transparente
que lo invisible,
lloró ser viuda con más lágrimas
que penas y glorias.

La vi negra y me puse blanco
pero hay ocasiones en las que el color no importa.
Colgó a media altura, tenía la hoz
con el martillo sentenciaba el caso.

Empezó a columpiarse largo,
sobran bichos que amenazan.
Me arrinconó contra las cuerdas
fui un puching ball intocable.

En su mapa fui un playmóvil
de facciones invisibles.
En su tela fui Saddam,
sin fronteras, muy global.

miércoles, 4 de julio de 2007

Cuento a destiempo


Fue un sueño breve que duró nueve meses. Una sacrificada vida nómada encontró en el embarazo, por primera vez en treinta y cinco años, el sedentarismo y la paz. El padre quedó en alguna parcela del basto territorio de arado que tienen las tierras argentinas. Nunca supo del nacimiento de ninguno de sus hijos y no constituyó la excepción el espantoso asomo de Álvaro fuera del vientre materno. Delegó, sin saberlo, todo sufrimiento y preocupación en la madre, humilde campesina acostumbrada a trabajar de rodillas.

El niño salió envuelto en un color marrón seco, bastante sólido, entremezclándose a su vez con un amarillo más líquido. Ambas sustancias poseían un olor particular que nadie demoró en reconocer. Los parteros intentaron comenzar, entre ellos, una humorada con frases vulgares del estilo “qué bebé de mierda”. Pero debieron callar al unísono cuando descubrieron la porción de materia que ocultaba las blancas fauces de Álvaro.

El diagnóstico inmediato presentaba un cuadro de retraso evidenciado por su mirada perdida y por su boca abierta, inexpresiva, sin otro futuro que el de tragar aire sin intención de ello, pero que exceptuaba al órgano nasal de tan asfixiante misión. Los ojos posados en algún lugar no muy lejano a las dos hortensias que decoraban la sala y los dientes, amarillentos como si hubiera fumado cigarro durante toda su vida, hundían al recién llegado en la humildad de la manifestación de su figura.