lunes, 16 de julio de 2007

De la naturaleza de una mente

Corrección a la edición del miércoles 4 de julio de 2007: el autor ha hecho modificar a su tecladista (de letras) la errata de la palabra basto por vasto.
A raíz de lo cual el autor ha optado por la digitalización de sus huellas sobre el negro abecedario.
Inmediata consecuencia: no asesinar sobre el teclado.

Perdón.
Suena el teléfono,
la impro no debe cortarse
de esta manera es inevitable.

sábado, 14 de julio de 2007

Fin del cuento: poesía

Segregó ese hilo más transparente
que lo invisible,
lloró ser viuda con más lágrimas
que penas y glorias.

La vi negra y me puse blanco
pero hay ocasiones en las que el color no importa.
Colgó a media altura, tenía la hoz
con el martillo sentenciaba el caso.

Empezó a columpiarse largo,
sobran bichos que amenazan.
Me arrinconó contra las cuerdas
fui un puching ball intocable.

En su mapa fui un playmóvil
de facciones invisibles.
En su tela fui Saddam,
sin fronteras, muy global.

miércoles, 4 de julio de 2007

Cuento a destiempo


Fue un sueño breve que duró nueve meses. Una sacrificada vida nómada encontró en el embarazo, por primera vez en treinta y cinco años, el sedentarismo y la paz. El padre quedó en alguna parcela del basto territorio de arado que tienen las tierras argentinas. Nunca supo del nacimiento de ninguno de sus hijos y no constituyó la excepción el espantoso asomo de Álvaro fuera del vientre materno. Delegó, sin saberlo, todo sufrimiento y preocupación en la madre, humilde campesina acostumbrada a trabajar de rodillas.

El niño salió envuelto en un color marrón seco, bastante sólido, entremezclándose a su vez con un amarillo más líquido. Ambas sustancias poseían un olor particular que nadie demoró en reconocer. Los parteros intentaron comenzar, entre ellos, una humorada con frases vulgares del estilo “qué bebé de mierda”. Pero debieron callar al unísono cuando descubrieron la porción de materia que ocultaba las blancas fauces de Álvaro.

El diagnóstico inmediato presentaba un cuadro de retraso evidenciado por su mirada perdida y por su boca abierta, inexpresiva, sin otro futuro que el de tragar aire sin intención de ello, pero que exceptuaba al órgano nasal de tan asfixiante misión. Los ojos posados en algún lugar no muy lejano a las dos hortensias que decoraban la sala y los dientes, amarillentos como si hubiera fumado cigarro durante toda su vida, hundían al recién llegado en la humildad de la manifestación de su figura.

martes, 12 de junio de 2007

Cuento distante


Hay un preciso instante en la noche en que uno camina sin hacer ruido y todos caminan sin hacer ruido. El gato parece estampado en la pared, arte rupestre predecesora que lo pintó con aerosol en blanco y negro. El instante se apodera tan intensamente que su recuerdo perdura en los minutos posteriores, pero nunca el día siguiente. La imagen es reconocible para quien haya transitado el barrio. Las noches frías con ojos empañados permiten mayor nitidez de la neblina. Neblina que suele ser del mismo color que el gato o de la pared en la que el felino se encuentra. Tiene las orejas paradas, los ojos iluminados, el cuerpo corvo, las patas dispuestas; la descripción no es nueva. Una pose tan inmóvil como el silencio que acapara el instante.

De repente, uno sigue atravesando el reloj y todos siguen oyendo el segundero. Las copas de los árboles parecen dubitativas, sus hojas caen culpa de un viento que ahora se vuelve a sentir en cada poro del rostro. El gato retoma sus tres dimensiones, maúlla de manera molesta, se cobija debajo de algún auto cercano; un simple gato que cualquiera vio. ¿El instante? El ruido sembró sus nostalgias, las añoranzas se presentan como fotografías monocromas. Uno y todos saben que no vuelve, habrá que esperar al gato, la noche, el frío y el silencio.